Reseña: HER

Ugh, I hate software updates.

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En 1986, Orson Scott Card nos entregó un clásico de la ciencia ficción: The Speaker for the Dead, secuela superior del famosísimo Ender’s Game. En el libro, Scott Card nos hablaba de las diligencias morales y espirituales de la aceptación entre las diferentes especies inteligentes que habitan nuestro universo observable. ¿Qué diferencia existe entre un humano y un bípedo con apariencia porcina de costumbres salvajes? ¿Y entre una avanzada inteligencia artificial y los dos previamente mencionados? En Speaker for the Dead tenemos a Jane, una inteligencia artificial con una capacidad de aprendizaje infinita que resulta ser al mismo tiempo la mejor amiga y el ser más querido de Ender Wiggin. Jane, al carecer totalmente de un cuerpo, habita en una pequeña “gema” en la oreja de Ender, desde donde puede escuchar y observar todo lo que su amante ve y oye. ¿Les suena familiar? Yup, Spike Jonze tomó el mismo y exacto concepto y lo convirtió en una agridulce y gentil historia romántica protagonizada por Joaquin Phoenix y Scarlett Johansson.

Her es una película que no escatima en su estilo preciosista, un estilo que ayuda a la trama tan ligera a ser elevada a momentos casi reverenciales. La cinematografía, con un imperceptible pero agradable balance con colores fríos y cálidos, enfoques y desenfoques, claridad y oscuridad, nos habla más que los soliloquios aburridos de Theodore, el personaje que Phoenix trae a la vida sin ningún esfuerzo. Es en los elementos abstractos de la película en donde encontramos más valor, igual que el guión mismo, que depende de dichos abstractos no mencionados o poco desarrollados para resultar ligeramente interesante para aquellos que no se encuentren adentrados en el tema de la SciFi o de las A.I.

Pero es un tanto injusto juzgar a la película por su valor dentro del género de la ciencia ficción. El hecho de que Samantha (Johansson) resultara ser un sistema operativo (ugh) es más un pretexto para explorar el futuro de las relaciones humanas y de la soledad autoinflingida que un punto de inflexión dentro del guión. Ese es, precisamente, el corazón de la historia. El romance pasivo de nuestros tiempos modernos. Las necesidades afectivas de una generación que creció deseando que la tecnología tuviera vida propia. La soledad a la que sucumbimos por miedo a conocernos internamente. La absurda dualidad incongruente entre desear y necesitar. Las justificaciones inventadas para validar nuestras acciones ante la sociedad. Todo esto resuena de forma constante a lo largo del tiempo que transcurren las escenas en nuestra pantalla.

La historia, como lo mencionaba antes, no es nada compleja y hasta resulta un tanto predecible. Theodore Twombly es un recluso escritor de cartas que acaba de pasar por un terrible divorcio cuando se le ocurre instalar un sistema operativo en su computador que clama ser lo más novedoso dentro del campo de la Inteligencia Artificial. Cuando instala su OS, Samantha cobra vida, resultando ser una AI que aprende a través de la experiencia de su usuario. Poco a poco, Theodore y Samantha comienzan a tener una relación, comienzan a conocerse más a fondo, a aprender el uno del otro, lo cual termina en ambos enamorados. Sounds cheesy, well it is.

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Pero como Samantha lo menciona casi al final de la película, los valores de esta cinta no están en las letras impresas del guión, lo que podemos rescatar y que hace que resulta algo digno de ver, es todo lo que cabe entre cada letra, ese espacio infinito que no está escrito y en el que cabe un sinnúmero de variantes.

Tenemos, por un lado, la serena actuación de Joaquin Phoenix como Theodore. Gentil y pensativo, Phoenix nos muestra con sencillez las diferentes inflexiones internas de Theodore. Evidentemente, no es el trabajo más complejo que Phoenix nos ha entregado (Nota mental: volver a ver The Master) sin embargo funciona como contraste necesario para la energética “actuación” de Scarlett Johansson como Samantha. En Samantha tenemos al personaje que más importancia recibe en el espectro de las actuaciones. Es Johansson, con su poderosa interpretación del OS, quien hace que funcione toda la dinámica llena de claroscuros; con su hermosa voz, cálida y comprensiva, sensual y trascendente,  nos convence de la importancia de querer con el corazón, aunque sepamos que no hay un cuerpo para tocar.

HER resultará, tristemente, incomprendida en los años venideros. Será la nueva 500 days of Summer y la veremos obtener un status cultoso entre los chavos modernos y aquellos que intentarán demostrar su Streed Cred ante los demás. Lo cual resulta muy triste. Jonze nos pinta una hermosa obra acerca de las complejidades de las relaciones humanas y cómo la extrema soledad a la que la sociedad nos está orillando a recurrir, nos invade de formas que pueden resultar en el siguiente paso de la evolución emocional de nuestra especie. Oh sí, and sad mopey eyes all around.

Hola, ñoños del diseño de interfaces.

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